ALBERTO NÚÑEZ PALACIO, LA ENTREVISTA II

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Tijuana BC, 15 de enero de 2020.- Alberto Núñez Palacio, es una figura underground de la música en México, cuyas aportaciones al arte musical estriban en la composición,  arreglista, y colaboraciones que le han permitido de una forma prudente consolidar una interesante y carrera musical cuya proyección masiva ha sido breve, pero que en el círculo de los músicos en México es ampliamente reconocido.

A través de estas entrevistas epistolares, Alberto nos ha dejado ver una radiografía más clara del  artista y sus posibilidades que van más allá de la música. Su diestra y sencilla pluma; así como lo interesante de su historia, me permite transcribir su relato sin ediciones, ya que sería muy egoísta de mi parte, no dejarle conocer a usted, lector, esta sencilla y entretenida prosa que encierra una historia fascinante.

“No me fue fácil, como imaginarás, comenzar nuevamente en México.  Pero esta vez contaba con un entorno cultural de códigos comunes y comportamientos similares que acortaron notablemente el proceso.   Era cálido sentirse nuevamente en la Patria Grande.   Inmediatamente me puse en movimiento.  Con mis grabaciones de muestra y mi currículum bajo el brazo, comencé a visitar discográficas, orquestas, productores, agencias de publicidad, etc.

A los quince días decidí frenar.  Recuerdo que le comenté a mi mujer que en todos lados me habían recibido en forma positiva y comentado alguna posibilidad de trabajo.  «Tengo miedo de no dar abasto si me encargan varios trabajos a la vez» – le dije.   Había topado con un rasgo típico de la idiosincrasia nacional: los mexicanos no saben decir «No».

Yo venía de Europa, donde el sí y el no son tajantes.  En cambio para la sensibilidad mexicana decir «no»  o «no me interesa»  se antoja una falta de cortesía, casi una  ofensa.   Y yo caí en la trampa.  Después de aquellas amables y prometedoras entrevistas, sólo atendían las llamadas secretarias de voz gélida, hábilmente  entrenadas para repetir las consabidas excusas de siempre: «¿Por qué  asunto es?» «El señor director me dice que llame la semana que viene»,  «el señor no lo puede atender porque está en junta, llame más tarde»  «No, el señor ya se ha retirado.  Déjeme su número, él lo llamará». etc., etc.  O sea, ni Si, ni No, sino todo lo contrario. (¡¿?!).

Una vez que mi ingenua credibilidad absorbió la experiencia, fui escalando pragmáticamente la cuesta.    Volví a la «todología» musical.  Hice de todo en aquella primera etapa: insistí tercamente en mis visitas, acompañé cantantes en locales nocturnos; publiqué avisos en los periódicos ofreciendo clases de armonía, contrapunto y composición; hice jingles y conseguí hacer arreglos para algunos cantantes desconocidos.

Así, lentamente me fui relacionando con el medio musical mexicano.  Tuve que luchar contra la tendencia a las caracterizaciones. Quien me había conocido como acompañante de un cantante en un Café Concert,  difícilmente me considerara capaz de  hacer arreglos orquestales; quien me había conocido como jinglero no me consideraba capaz de ser un compositor sinfónico.

Viene al caso contar una anécdota.  Años antes, en París, un alumno francés de música quiso saber mi opinión sobre un score que se titulaba «Siete ejercicios de composición y armonía».  Nos sentamos al piano para analizarlos. Confieso que lo hice con un cierto desgano ya que nunca he estado de acuerdo con la forma lineal y dogmática con que suele enseñarse la armonía.  Pero para mi sorpresa, estos ejercicios no tenían nada de convencional.

No sólo eran bellísimos, sino que además contenían derivaciones audaces e insospechadas. «El autor es un mexicano» – me dijo el estudiante – «Se llama Mario Ruíz Armengol».  Llegado a México pregunté por él.  Casi nadie lo recordaba, a otros les «sonaba el nombre» y los más jóvenes ni lo conocían.  Alguien me dijo: «es un pianista viejito que acompaña cantantes en Canal 11». Me impresionó mucho esta caracterización. Efectivamente así era: acompañaba cantantes en Canal 11 y vivía muy humildemente su ancianidad.  Pero en círculos musicales más enterados, pequeños y sofisticados se le reconocía como lo que realmente había significado para México.

Había sido y era un magnífico compositor de música de concierto; un arreglista excepcional de música popular a quién la mayoría de los cantantes mexicanos del siglo XX debían su éxitos; un gran director de orquesta, debutó como director a los 15 años  y un maestro investigador de la polifonía que nos legó trabajos importantes al respecto.

Siguiendo con mi relato, te diré que en mi función de arreglista de música popular me resultaría más fácil establecer a quién no le he hecho arreglos, que hacer un listado de a quién sí, porque he  trabajado con la mayoría  de los artistas locales.  Por eso voy a destacar solo algunos casos relevantes.

Me tocó representar a México como productor arreglista y director en dos finales OTI Internacional: en 1993 en Valencia, España, con la cantante Magdalena Zárate y el tema «Siempre a medias»; quedamos segundos, detrás de España, y en Asunción del Paraguay 1995 con el cantautor Arturo Sayeg con su tema «Cantos distintos».  Como arreglista de la compositora Amparo Rubín, en música de cine, logramos tres premios Ariel a la mejor música de cine y una Diosa de Plata; «Padre Quino», «Goitia, un dios para sí mismo»,  «Playa Azul» y «La Tregua».

Recibí un Disco de Oro  por mis arreglos del Tri Sinfónico.  Mis conocimientos orquestales me permitieron, como en el  caso del Tri,  ser considerado por diversos artistas para grabaciones y presentaciones con orquestas sinfónicas. Casos destacados son los de Juan Gabriel y las excelentes cantantes Eugenia León y Guadalupe Pineda.

Continuará.

Alberto.

Así se despidió Alberto. En estos últimos párrafos,  no puedo evitar pensar en todos aquellos que crecimos con la cultura musical popular del monopolio de la televisión mexicana, y al tiempo reconocer que en el mismo, había personalidades de inmensurable talento. En nuestra siguiente entrevista con Alberto, abordaremos  la etapa relativa a la composición de concierto en el entonces Distrito Federal y su posterior residencia en Tijuana  como compositor residente de la Orquesta de Baja California.

 

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